Artemisa:
la escuela que nació de un gavilán, un humedal y la necesidad de seguir construyendo comunidad
la escuela que nació de un gavilán, un humedal y la necesidad de seguir construyendo comunidad
Cultura Local
10 minutos
Durante los primeros recorridos ambientales de la Escuela Artemisa, un grupo de jóvenes se detuvo a contemplar aquello que muchas veces pasa desapercibido en medio de la ciudad: el vuelo de las aves, los sonidos del agua, los insectos escondidos entre los juncos y la vida que resiste en uno de los ecosistemas más amenazados de Bogotá.
Por:
Equipo la Maravillosa
30 mayo
2026
Bosa
Bogotá Colombia.
Hay historias que comienzan con una gran idea. Otras empiezan con una reunión, una convocatoria o un proyecto escrito en una oficina. La historia de Artemisa comenzó de una manera mucho más sencilla: observando un gavilán sobrevolar un humedal.
En una ciudad que corre deprisa, donde las noticias suelen hablar de cemento, expansión urbana y largas jornadas de transporte, un grupo de jóvenes decidió detenerse a mirar aquello que casi siempre pasa desapercibido. Mirar el agua. Mirar los insectos. Mirar las aves. Mirar el territorio. Y, sobre todo, preguntarse qué podía aprenderse de él.
De esa pregunta nacieron dos canciones,durante los primeros recorridos ambientales realizados por la Escuela Artemisa en los humedales de Bosa, los participantes comenzaron a construir ejercicios de voz para explorar el ritmo, la escucha y la creación colectiva. No buscaban producir una canción para una tarima ni un sencillo para plataformas digitales. Lo que intentaban era comprender el territorio desde el arte.
Inspirados por metodologías pedagógicas vinculadas al teatro de imagen del dramaturgo brasileño Augusto Boal, los integrantes de la Manada Chirimera —el colectivo que dio origen al proyecto— crearon una serie de versos para trabajar conceptos básicos de musicalidad. Los versos comenzaron a transformarse en melodías y las melodías terminaron convirtiéndose en canciones.
Entonces apareció el gavilán.
Una vez.
Dos veces.
Tres veces.
Siempre sobrevolando el paisaje.
Siempre presente en las conversaciones del grupo.
Y cuando llegó el momento de decidir
sobre qué cantar,
la respuesta ya estaba allí.
Así nacieron El Gavilán y El Humedal, dos composiciones colectivas construidas a partir de las experiencias vividas durante los recorridos. Canciones que hablan de aves, agua, territorio y memoria, pero que también cuentan algo más profundo: la posibilidad de volver a escuchar lo que la ciudad parece empeñada en silenciar.
Producción Audiovisual
@adeptocaptura y @bajofrecienciaproducciones
Porque antes de ser una escuela, Artemisa fue una pregunta.Y antes de ser una pregunta, fue la historia de dos jóvenes que se encontraron en medio de los procesos de organización social que marcaron los años posteriores al Estallido Social de 2021.
Estefani Rodríguez, licenciada en Artes Escénicas, y Alexander Quintero, estudiante de Ciencias Naturales y Educación Ambiental, compartían intereses que iban mucho más allá de la formación académica. Ambos participaban en procesos comunitarios relacionados con la música tradicional, la defensa del territorio, la justicia ambiental y la educación popular.
Fue en esos escenarios donde comenzaron a coincidir.Entre encuentros culturales, jornadas comunitarias, procesos musicales y conversaciones sobre el país que soñaban construir, fueron creando un vínculo que terminó convirtiéndose en un proyecto de vida compartido.
Más tarde llegó Manuel Quintero López, su hijo.Y con él llegaron también nuevas preguntas.Las largas distancias para asistir a procesos organizativos en otras localidades comenzaron a hacerse cada vez más difíciles. Los encuentros nocturnos, las jornadas extensas y las dinámicas de participación que durante años habían sido habituales ya no resultaban compatibles con la nueva realidad familiar.
Muchas personas habrían interpretado ese momento como una pausa.Ellos lo entendieron como una oportunidad.Si no podían seguir desplazándose hacia los espacios que antes habitaban, tal vez era momento de construir uno propio.
Así nació la Manada Chirimera.Lo que comenzó como un grupo de estudio instalado en la sala de una casa en Bosa Villasuaita pronto se convirtió en un laboratorio permanente de preguntas. Allí no solo estudiaban músicas tradicionales de flautas y tambores. También investigaban los territorios donde esas músicas habían nacido, los contextos sociales que las sostenían y las formas en que podían dialogar con las realidades urbanas contemporáneas.
Querían algo distinto.
No querían un espacio donde las personas llegaran únicamente a ensayar.
Querían una comunidad.
Querían saber quién era la persona que estaba al lado.
Querían comprender por qué esas músicas existían y qué tenían que decir sobre el presente.
Con el tiempo, aquellas conversaciones fueron tomando forma hasta convertirse en una propuesta pedagógica mucho más amplia.Una escuela artística interdisciplinaria con enfoque ambiental.Una escuela donde la música dialogara con las artes escénicas.Donde la educación ambiental se encontrara con la creación colectiva.Donde el territorio fuera entendido como un maestro.
Y así nació Artemisa.Durante los primeros meses de 2026, la escuela realizó dos recorridos que se convertirían en el corazón de todo el proceso. El primero tuvo lugar en el humedal Tibanica y fue precedido por una convocatoria que parecía más una fiesta comunitaria que una estrategia de difusión. Los integrantes del proyecto recorrieron las calles del barrio Manzanares tocando música, invitando vecinos y distribuyendo un fanzine ilustrado elaborado junto a las artistas de Taller Zupia.
La respuesta fue inmediata.Cerca de 35 personas se sumaron a la experiencia.Sin embargo, aquella primera visita también dejó una reflexión incómoda. Los participantes sintieron que el acceso al conocimiento ambiental estaba excesivamente mediado por lógicas institucionales que dificultaban la exploración libre del territorio. La experiencia abrió preguntas sobre el papel de las comunidades en los procesos de conservación y sobre la necesidad de construir pedagogías ambientales más cercanas a las personas.
Semanas después llegó el segundo recorrido, esta vez en el humedal Chiguasuque.La diferencia fue notable.Los participantes encontraron una experiencia más abierta al diálogo, la observación y el aprendizaje colectivo. Pudieron identificar especies, reconocer procesos de restauración ecológica y comprender cómo la recuperación de un ecosistema requiere tiempos muy distintos a los de su destrucción.
Si levantar un edificio puede tomar meses, restaurar un humedal puede tomar décadas.La comparación parecía evidente mientras caminaban entre árboles recién sembrados y zonas donde la naturaleza intentaba recuperar el espacio perdido.
Al finalizar la jornada construyeron una cartografía textil colectiva que todavía continúa creciendo. Un mapa bordado donde aparecen casas, humedales, senderos, recuerdos y lugares significativos para quienes habitan el territorio.Pero quizá uno de los momentos más hermosos del proceso ocurrió cuando los participantes comenzaron a preguntarse qué animal querían ser.
La pregunta surgió durante los laboratorios visuales.Al principio pensaron en representar aves. Era la opción más obvia. Sin embargo, los recorridos los llevaron a descubrir un universo mucho más amplio y menos visible: el de los insectos y pequeños habitantes del ecosistema.Arañas, cucarrones de mayo,cucarachas,comadrejas,chulos y búhos, entre otros,animales que rara vez protagonizan los relatos sobre la naturaleza.
Entonces comenzó un ejercicio de observación paciente,mirar cómo se movían,comprender sus relaciones con el entorno,reconocer qué función cumplían dentro del ecosistema y después elegir.Cada participante encontró una criatura con la cual identificarse.
Imágenes @adeptocaptura y @bajofrecienciaproducciones
Con el acompañamiento de las artistas de Taller Supia construyeron máscaras utilizando foamy moldeable y diversos materiales plásticos. Ninguna fue igual a otra. Cada una conservó la personalidad de quien la creó.
El resultado recordaba aquellas comparsas populares latinoamericanas donde los personajes no son disfraces sino formas de narrar una comunidad. Como sucede en las celebraciones andinas o en los carnavales tradicionales del Pacífico colombiano, las máscaras de Artemisa no ocultaban identidades: las revelaban.
Todo ese proceso desembocó en una comparsa que recorrió las calles del barrio Manzanares hasta llegar al parque La Alameda.Las canciones sonaban.Los animales caminaban.Los vecinos observaban.Y los ecosistemas cobraban vida en medio del asfalto.
No fue únicamente una presentación artística.Fue una declaración.Una forma de recordar que la ciudad también está habitada por otras especies, otras memorias y otras formas de existencia.
Por supuesto, el camino no estuvo libre de dificultades.Las limitaciones económicas, los tiempos laborales, las responsabilidades familiares y la precariedad cotidiana aparecieron constantemente. Mantener vivo un proceso comunitario exige una energía enorme. Muchas veces la creación artística debe abrirse paso entre jornadas de trabajo, trayectos interminables en transporte público y preocupaciones que poco tienen que ver con el arte.
Sin embargo, quizá precisamente por eso Artemisa terminó dejando una huella tan profunda en quienes participaron.
Para Ramiro Ríos, el proceso significó encontrar un nuevo punto de encuentro para las organizaciones comunitarias del territorio, una manera de seguir resistiendo y defendiendo la vida desde el arte.
Para Nana Ariza Duitama fue la confirmación de algo que había aprendido con los años: que vale la pena construir en colectivo, incluso cuando aparecen diferencias, tensiones o dificultades.
Para Murri, la experiencia significó reconocerse como parte de la naturaleza y comprender que la responsabilidad sobre el territorio no pertenece únicamente a las instituciones ni a los expertos ambientales, sino a todas las personas que lo habitan.
Quizá allí radica la verdadera importancia de Artemisa.No en las canciones.No en las máscaras.No en los laboratorios.Sino en la capacidad de reunir personas para recordar algo que parece cada vez más difícil en las ciudades contemporáneas: que somos comunidad, que somos territorio y que, como los gavilanes que inspiraron aquella primera canción, seguimos buscando formas de volar juntos.
Porque al final, Bosa es Maravillosa cuando un grupo de jóvenes convierte un humedal en una escuela, una canción en una herramienta de aprendizaje y la defensa de la vida en una experiencia colectiva capaz de transformar el territorio.